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UN POEMA DEL METRO

 

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A veces en la literatura se escriben cosas singulares. Para muchos, experiencias extrañas y desconcertantes; para otros hallazgos. Entre las tentativas creativas del grupo o laboratorio literario Oulipo ( el Taller de Literatura Potencial francés, fundado en 1960 por el escritor Raymond Queneau y el matemático Francois Le Lionnais y al que pertenecieron, entre otros,  Italo Calvino y Georges Perec), figura este poema del metro, cuyo autor es Jacques Jouet:

“Un poema del metro es un poema compuesto en el metro, a lo largo del tiempo de un trayecto.

Un poema del metro tiene tantos versos como estaciones, menos una, tiene el trayecto.

El primer verso se compone mentalmente entre las dos primeras estaciones del trayecto (contando desde la estación de partida)

Se transcribe en el papel cuando el metro se detiene en la segunda estación.

El segundo verso se compone mentalmente entre la segunda y tercera estación del trayecto. Se transcribe al papel cuando el metro se detiene en la tercera estación. Y así sucesivamente.

No hay que transcribir cuando el metro está en marcha.

No hay que componer cuando el metro está detenido.

El último verso del poema se transcribe en el andén de la última estación del trayecto.

Si el itinerario supone una o varias combinaciones de línea, el poema tendrá por lo menos dos estrofas.

Si por desgracia el metro se detiene entre dos estaciones, se produce un momento muy delicado en la escritura del poema del metro”.

Jacques JouetAnthologie de l Oulipo – Gallimard, 2009

 

PARIS LA NUIT

 

(Imágenes.- 1.-Martin Lewis/ 2.-Pierre Jahan -1930)

ROPA DE MUJER

 

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Virginia Woolf, además de sus Diarios y novelas, proyectó su interés a muy diversos temas de costumbres, como por ejemplo el de la moda y los modales en el siglo XlX. “La vestimenta de una mujer –escribe – es tan sensible que, lejos de buscar una determinada influencia explique sus transformaciones, hemos de buscar millares. La inauguración de una línea férrea, la boda de una princesa, el prendimiento de un canalla, son acontecimientos externos que dicen mucho de la ropa femenina (…) Despertamos una mañana y encontramos las tiendas llenas de lo que está de moda; pronto inunda las calles. Al pasar las páginas ilustradas de las revistas se vé cómo interviene el espíritu. Viaja sin cesar sobre el cuerpo. Comienzan a crecer las faldas, hasta formar una cola de más de un metro y medio, que se arrastra por el suelo; de pronto el espíritu salta al cuello y crea una gorguera gigantesca, al tiempo que la falda se acorta hasta las rodillas; entra en el cabello, que de inmediato se alza como los pináculos de la catedral de Salisbury; aparece una cierta hinchazón a la altura de la falda; crece de un modo alarmante; al final es preciso insertar un bastidor para que soporte tantos volantes; acto seguido son los brazos, que imitan pagodas chinas; los aros de acero hacen lo posible por darles alivio. El cabello, entretanto, ha vuelto a su ser. A la dama se le han quedado pequeñas todas las capas y capellinas y solo un echarpe de gran tamaño valdrá para abrigarla. Sin previo aviso, todo el tejido se arruga; el espíritu impregna a la emperatriz Eugenia una noche, en enero de 1859, y le aconseja que prescinda del miriñaque. En un visto y no visto, las faldas de toda Europa desaparecen, y con un fruncimiento en los labios, con modales cáusticos, las damas pasan por las calles con faldas bien ceñidas a la altura de las rodillas, en vez de nadar como antes.

 

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La moda trató  con más discrección a los hombres, y sobre todo se fijó en sus piernas. No obstante, existía una gran empatía entre ambos sexos. Cuando las faldas se parecían a los globos, los pantalones se henchían; cuando menguaban, él usó corsé; cuando el cabello femenino era gótico, el masculino era romántico; cuando ella llevaba vestido de cola, él arrastraba la capa por el suelo. Hacia 1820, el chaleco era más ingobernable que ninguna de las prendas femeninas; en cinco ocasiones a lo largo de ocho meses cambió de forma; durante mucho tiempo la corbata preservó un lugar para las joyas cuando hubo que rivalizar con las gargantillas..”

Y así proseguía evocando la moda Virginia Woolf para The Times Literary Supplement en 1910, sentada en su butaca cerca de la pequeña ventana donde  ella solía ponerse a escribir.

 

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(Imágenes .- 1-espacio Madrid/ 2.-imagen de la película “Ana Karenina”-Wall Street international/ 3.-trajes- wikimedia)

MIRAR Y VER

 

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“Dibujar es mirar, examinando la estructura de las experiencias. Un dibujo de un árbol no muestra un árbol – afirma John Berger -, sino un árbol que está siendo contemplado. Si bien la visión de un árbol se registra casi instantáneamente, el examen de la visión de un árbol (un árbol que está siendo contemplado) no sólo lleva minutos u horas en vez de una fracción de segundos, sino que tiene que ver con la experiencia previa de mirar, deriva de ella y a ella se refiere”.

Comenta estas palabras el redactor de The New Yorker y profesor de crítica literaria en Harvard, James Wood, en “Lo más parecido a la vida”(Taurus), y recuerda  que al igual que al artista le cuesta un esfuerzo – y muchas horas – examinar el árbol, la persona que mira con atención el dibujo, o lee una descripción de un árbol sobre una página, también aprende a dejar de ver para empezar a mirar.

Mirar y ver son cosas bien distintas. Berger afirma – explica  Wood – que todo buen dibujo de un árbol guarda relación con todos los buenos dibujos anteriores de un árbol, ya que los artistas aprenden tanto mirando el mundo como mirando lo que otros artistas han hecho con el mundo. Nuestra mirada siempre está matizada por otras representaciones de la mirada.

Árboles cèlebres ha habido en la literatura. Wood se detiene ante el famoso árbol de “Guerra y paz” junto al que pasa  el píncipre Andréi dos veces: una a comienzos de la primavera, y otra un mes más tarde, a finales de la primavera. En esta segunda ocasión,  Andréi no reconoce el árbol, que ahora está en plena floración. “Unas hojas verdes y jugosas, sin ramas – escribe Tolstoi – habían brotado de su dura corteza centenaria, y era imposible creer que aquel despojo las hubiera producido”. En parte, el príncipe Andréi se fija en el árbol porque también él ha cambiado: el saludable florecimiento del árbol es equivalente al suyo.

El príncipe “mira” – no sólo ve – el árbol y el lector atento “mira” – y no sólo ve – lo que quiere decir Tolstoi.

 

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(Imágnes.- 1- Flora Mclachlan/ 2.- Gustav Klimt

DUNCAN, LA BAILARINA

 

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“Yo pasaba días y noches enteras en el taller, buscando una danza que huía, gracias a los movimientos del cuerpo, la expresión divina del espíritu humano – confesaba Isadora Duncan enMí vida“-. Durante horas yo permanecía en pie, inmóvil, las manos cruzadas a la altura del pecho. Mi madre frecuentemente se asustaba al verme así, inmóvil y como en éxtasis. Pero yo buscaba, y al fin lo encontré, el resorte central de todo movimiento, el núcleo de la potencia matriz, la unidad de donde nace toda la diversidad del movimiento, el espejo de visión de donde surgía toda la danza, todo lo creado. Es desde este descubrimiento de donde nació la teoría sobre la cual fundé mi escuela. La Escuela del Ballet enseñaba a los alumnos que este resorte se movía en el centro de la espalda, en la base de la columna vertebral. Es desde ese punto, dicen algunos maestros del ballet, de donde parten los movimientos de los brazos, de las piernas y del tronco, y el resultado da la impresión de una marioneta articulada. Pero este método produce un movimiento mecánico, artificial, indigno del alma. Yo buscaba al contrario la fuente de la expresión espiritual desde donde se irradiaban por los canales de los cuerpos la fuerza centrífuga que refleja la visión del espíritu.

Aparecen en estos días, en el teatro y en el cine, el tema de las bailarinas. “La danza, según mi opinión- decía también la Duncan – tiene como propósito expresar los más nobles y profundos sentimientos del alma humana, aquellos que vienen de Pan, de Baco o de Afrodita. Ella debe establecer en nuestra vida una armonía vivificante y calurosa; y no pensar que la danza es un mero divertimento frívolo o agradable”.

 

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Como recuerda Adolfo Salazar hablando de la Duncan, ” ella creyó desde muy jovencita haber descubierto el secreto de una danza virgen. Se llamaba Grecia. En un estudio de eruditos concienzudos, se quiso mostrar con exactitud, a veces excesiva pero sorprendente, la convicción de que el sentido de la belleza en los movimientos del cuerpo humano existía en Grecia tanto como en París, hace más de dos míl años o ahora mismo. ¿Hubo un desarrollo o un progreso en el arte de la Duncan?, se pregunta Salazar. Alrededor de ella pulularon las admiraciones sinceras, los snbos y los amateurs. El peligro fue tan grande como las ventajas, y la pobre Isadora, que tuvo que sufrir los accidentes más dolorosos en sus hijos y en ella misma, vio perecer como destino inevitable su propio arte en manos de sus imitadores demasiado contentadizos”.

 

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(Imágenes.-1.-Isadora Duncan.- foto Arnold Genthe-library of Congress- Wikipedia/ 2.-Duncan.-el mundo/ 3.-Isadora Duncan- babelio com)

CORTÁZAR EN EL BOSQUE

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” Recuerdo aquella visión que yo tuve hace años entre los árboles de los montes de Galicia, cuando levanté mi mirada desde el interior del automóvil. Durante mucho tiempo los automóviles han sido mi despacho. En ciudades y en campos. En Galicia, por ejemplo, solía conducir muy despacio por un camino de robledales y castaños hasta encontrar un mismo lugar como refugio. Recuerdo que brillaban gotas de lluvia en los helechos y allí permanecía largas horas estudiando y escribiendo junto a cortezas agrietadas y hojas verdes y oscuras. Un día, escuchando en el coche la voz de Cortázar que hacía años llevaba guardada en mi grabadora, aún me parecía ver su alta figura cuando tuve el encuentro con él en Madrid un año antes de su muerte. “Un cuento – me había dicho entonces y ahora lo escuchaba – es como andar en bicicleta. Mientras se mantiene la velocidad el equilibro es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector”. Me impresionaba escuchar de nuevo su voz, una voz argentina, cadenciosa, deslizando las erres y las eses, pero como me impresiona siempre oír la voz de alguien que ya no está con nosotros. La voz humana es algo muy profundo, singular, muy personal, con sus timbres y tonos únicos; algo que, al menos para mí, me conmueve más que una fotografía. Cortázar, con sus largas piernas, sus grandes barbas y sus grandes gafas, me hablaba del cuento porque yo le preguntaba y ahora le volvía a ver en aquel hotel madrileño donde charlamos sobre su libro “Deshoras” y en ese momento, en el monte silencioso de Galicia, sobre suelos de humedad brillante, en aquel despacho móvil y personal que yo me había fabricado con las ventanillas abiertas y un aroma fresco a madera rodeando el automóvil, volvía a escuchar al autor de tantos cuentos recordándome que nadie había definido hasta entonces un cuento de manera satisfactoria porque cada escritor tiene su propia idea del cuento. El cuento para Cortázar era un relato en el que lo que interesaba era una cierta tensión, una cierta capacidad de arrastrar al lector y llevarlo de una manera que se podría calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Escuchaba su voz en el silencio del bosque y recordaba también la experiencia que él me había narrado al hablarme de su “Diario para un cuento”, un relato incluido en “Deshoras“, un experimento, me dijo, para ver si frente al problema de no encontrar un camino para escribir un cuento, al describir esas dificultades en forma de Diario (es decir, todos los problemas del escritor que no encuentra el camino), el cuento quedaba atrapado dentro del Diario. Cortázar me había confesado que había tenido que dar vueltas en torno a ese cuento, mirándolo por todos lados, y hablando continuamente de los problemas que le impedían escribirlo. Al recordar aquellos problemas de creación del escritor argentino volvía yo a levantar la vista desde el automóvil hacia el aire húmedo de los árboles, paseaba mi mirada sobre el musgo y las hojas, y evocaba los momentos en que había querido estar muy cerca de creadores y artistas preguntándoles por sus dudas y dificultades”.

José Julio Perlado – ( del libro inédito “Relámpagos”)

 

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(Imágenes.-1.-Cortázar/ 2.-Luca Pignatelli- 2006)

ELOGIO DE LAS “MEMORIAS”

 

 

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“¡Cómo me alegra – dice Montaigne elogiando lasMemorias” – escuchar a alguien que me contara las costumbres, el semblante, la actitud, las palabras más comunes y las fortunas de mis ancestros! ¡Qué atención le prestaría!  A decir verdad, sería propio de una mala naturaleza desdeñar siquiera los retratos de nuestros amigos y predecesores, la forma de sus vestidos y de sus armas. Conservo de ellos la escritura, el sello y una espada peculiar, y no he sacado de mi gabinete unas largas varas que mi padre solía llevar en la mano. El vestido del padre y su anillo son tanto más apreciados por los hijos cuanto mayor es el afecto filial.

(…)  Y aunque nadie me lea – prosigue Montaigne defendiendo lasMemorias”-, ¿he perdido acaso el tiempo dedicándome durante tantas horas ociosas a pensamientos tan útiles y agradables? Al moldear en mí está figura, he tenido que arreglarme y componerme tan a menudo para reproducirme, que el modelo ha cobrado firmeza y en cierta medida forma él mismo. No he hecho más mí libro de lo que mí libro me ha hecho a mí. ¿Acaso he perdido el tiempo por haberme rendido cuentas de mí mismo de manera tan continua y meticulosa? Quienes se repasan sólo con la fantasía, y con la lengua alguna vez, no se examinan, en efecto, tan exactamente, ni se descubren, como quien hace de ello su estudio, su obra y su oficio, como quien se obliga a un registro duradero con toda su fe, con toda su fuerza”.

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(Imágenes-1-Jean Baptiste Chardin– autorretrato- 1771/2.-Kazimir Malevich-1915)

LA CAMA DE VAN GOGH

 

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Se busca estos días la cama de Van Gogh, célebre en su famosa habitación. “El suelo de tarima – recordaban Steven Naifeh y Gregory White Smith en suVan Gogh” al describir “La habitación” – es como un libro abierto que contuviera la alegría de vivir; una cama lo suficientemente grande para dos personas, hecha de  madera de pino color naranja, tan maciza como un barco, y un par de sillas. Sobre el cabezal, el humo turquesa del fumador y su sombrero de paja colgando de un clavo. Sobre la cama, los retratos del desaparecido Boch y de un Millet a punto de irse. La luz amarilla del sol se colaba por entre las contraventanas cerradas arrojando una luz color limón sobre las fundas de las almohadas y las sábanas. Las desafiantes pinceladas de color que Vincent había utilizado para las páginas de la Biblia, escapan de su prisión de gris y llenan el lienzo de un cúmulo de contrastes: una palangana azul sobre una encimera naranja, un suelo rosa con algo de verde; el fondo amarillo y las puertas color lila, una toalla verde menta apoyada contra una pared turquesa y, sobre la cama, una colcha color escarlata. En la parte trasera de la pequeña habitación, junto a la ventana, colgaba de la pared un pequeño espejo para afeitarse”.

Toda la multitud de ojos de los museos del mundo que se han asomado a este umbral se han llevado para siempre este recuerdo vivo en color de una de las habitaciones más irrepetibles, un cuarto que nunca olvidarán. Esta es una de las grandes habitaciones de la Pintura. Es la habitación de Van Gogh.

(Imagen: La habitación-google art projet- Wikipedia)