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“La televisión se presta a la polémica, a la confrontación, a la dramatización – recordaba el gran entrevistador Jean-Pierre Elkabbach – . Cada medio tiene su estilo, su decorado, su luz. En la radio existe una presencia casi física, pero es necesario que haya un contenido. Una persona habla con otra persona y las dos se dirigen a una tercera persona que es el oyente. En la radio hay un lado muy intimista, se mira derecho a los ojos, se habla en mangas de camisa. Por ejemplo, cuando entrevisté en la radio a Miterrand le pregunté si podía quitarme la chaqueta y desanudar mi corbata; él también lo hizo; no lo supo nadie. Fueron dos horas con el presidente, sin fotógrafos ni colaboradores, únicamente nos acompañaba un técnico.

En televisión se tiene tendencia, en cambio, a sustituir la imagen y el espectáculo por el contenido de la palabra. Pero en los momentos donde la televisión es verdadera, auténtica, y cuando ella pone en confrontación a las gentes, entonces es sublime. A veces me he sentido bloqueado, ya que si mi interlocutor no quiere responderme, ostensiblemente cambio de tema. Pero en la primera ocasión que puedo y cuando el personaje no espera ya mis palabras, vuelvo sobre la cuestión enfocándola desde otro punto de vista. Nunca la dejo. Y siempre pienso además: cuanto más corta sea la pregunta ella será más eficaz”.

 

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Otro excelente entrevistador, Patrick Pesnot, recordaba que “la entrevista en televisión es más rica que en la radio puesto que muchas veces es la búsqueda de la emoción antes que de la información. Una voz que falla un poco en la radio lo pasa mal; mientras que un rostro que vacila, un silencio que se alarga, eso es formidable en la televisión. Y también unos ojos que rehuyen nuestra mirada. Pero es necesario olvidar todos los instrumentos y aparatos que hay detrás. Si esto ocurre, se consigue que sean muy auténticas las gentes a quienes preguntamos. Recuerdo una de mis mejores entrevistas: una mujer que iba a morir de cáncer. Ella lo sabía. Era un prodigio de vida, de calor, de fuerza, de humor. El día de la entrevista se maquilló cuidadosamente hasta transformarse en una mujer hermosa. Nunca se me olvidará”.

 

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En el campo de la literatura, Bernard Pivot, el magnífico presentador de “Apostrophes”, anotaba para la entrevista televisiva una serie de reglas: 1.- hacer preguntas cortas; 2-  considerar que cualquier respuesta, aunque sea decepcionante, es más importante que la pregunta; 3-  no olvidarse nunca de que también es el telespectador quien hace la pregunta y que también él escucha la respuesta. “Tengo una forma de ser, de escuchar, de hablar y de replicar que forma parte de mí , que ya existía antes de meterme en la televisión y que seguirá existiendo cuando la deje – añadía Pivot -. Mucha gente piensa que por el modo de hacer preguntas y conversar delante de las cámaras, el periodista debe comportarse de forma distinta a como lo haría cuando habla con alguien en su vida cotidiana. Yo, en cambio, no veo más que puntos  en común entre ambas situaciones, salvo que, obviamente, en la televisión el tiempo siempre se te echa encima y tienes que darte más prisa que si estuvieras en tu casa o en la calle, y que todas las palabras deben ser “útiles”. Pero en el trajín de la conversación, ¿cómo  puede uno ser distinto a como es en su fuero interno? A menos que sea un actor fabuloso”.

 

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(Imágenes.- 1- Jean -Pierre Elkabbach y Giles Bouleau  entrevisando a Putin- 2014/ 2.-  Alejandra Laviada/ 3.-Sipho Mabona– 2014/ 4.-Adolph Gottlieb -1962)

EN TORNO A LE CARRÉ

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Algunos rezagados que todavía insisten en considerar a la novela de espionaje como un género obligatoriamente menor- señalaba Jean Bourdier en “L Express”, en 1969 -, deben preocuparse por conseguir lo más pronto posible “La gente de Smiley“. Su calidad literaria y su íntima nobleza los obligarán sin duda a reflexionar”. Ahora, con la aparición de “Volar en círculos”, las Memorias de John Le Carré , pueden evocarse una serie de opiniones sobre su figura y el mundo del espionaje. “El mundo del espionaje – confesó el autor inglés –  es para mí sólo la extensión del mundo en que vivo. Por eso lo he poblado con mis propios personajes. Pues en definitiva soy un novelista. Yo produzco obras de imaginación. Relato historias”.

“De Moscú a la Habana o la Viena tan dura de la posguerra – señala Ignacio Peyró en “Pompa y circunstancia” -, el espionaje, tan viejo como el interés político o la debilidad humana, nos remite aún a ese momento de privilegio de los agentes dobles que fue la Guerra Fría. Es un mundo inmejorable para la mezcla de realidad y ficción: si tenemos las novelas de Graham Greene y sus perfiles de misterio, él mismo no dejó de estar al servicio de Su Majestad en trabajos de inteligencia, ahogado de asco en Sierra Leona. Lo mismo sucedió con Le Carré. En verdad, el espionaje ha sido terreno habitual para el

 

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claroscuro, para la indefinición y la volubilidad ética, pero – por mucho que predicara el propio Le Carré – nunca fue lo mismo trabajar para el mundo imperfecto pero libre que obedecer las órdenes de Karla en pos de la perfección totalitaria. Al final, esa elección fue la guía que sostuvo toda la ambientación de encuentros en hoteles, miradas oblicuas, paquetes de tabaco que disparan balas, teléfonos rojos y despachos “burbuja” elevados sobre el suelo para evitar micrófonos (…)  Al joven David Cornwell, cuando todavía no había pensado en ser John Le Carré, siempre le asaltaba una duda: si por momentos el MI16 era tan dado a ineficiencias, ¿no habría otro servicio secreto real, del que el MI16 sería no más que una tapadera?”.

La penumbra está en la misma raíz del espionaje. “Si tuviera que elegir entre traicionar a un amigo y traicionar a mi país – había dicho el novelista Forster -, espero tener el valor de traicionar a mi amigo”. Y a su vez Graham Greene había confesado: “el juego se hace tan sofisticado que el que juega pierde de vista sus valores”.

 

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(Imágenes.- 1-John Le Carré.-2008- Wikipedia/ 2.-Tadasuke Kuwayama– 1965/ 3.-  Johannes Itten– 1915)

FOTÓGRAFOS Y ESCRITORES

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El silencio interior de una víctima que consiente”. Esto es lo quería captar Henri – Cartier Bresson cuando retrataba a un escritor – así lo recuerda el periodista francés Pierre Assouline -. A pesar de sus descripciones limitadas, Bresson nunca fue anecdótico. Había conocido a Truman Capote en Nueva York a finales de los años cuarenta. Capote en aquel tiempo no había publicado más que cuentos. El escritor tenía admiración por el fotógrafo. Y fue un Capote vegetal el que Bresson quiso  ver.

 

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Por otro lado, Cartier- Bresson nunca ametralló con su fotografía, no agredía, no bombardeaba. Apenas veinte minutos con cada escritor, una simple visita de cortesía, el tiempo de una conversación para conseguir mejor lo insólito.

 

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A Ezra Pound lo encontró Bresson en un palacio veneciano, en 1971, donde un aristócrata le estaba dando a Pound asilo poético. El fotógrafo se arrodilló casi una hora a los pies del poeta alucinado, sin que ni uno ni otro pronunciaran palabra. Una hora de silencio absoluto, cara a cara, mientras Pound se retorcía las manos y cerraba los ojos.

 

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Cartier-Bresson fue igualmente un gran lector. Amaba a los escritores y éstos le apreciaban puesto que el fotógrafo hablaba siempre bien de sus libros. Nunca había dejado de leer y sobre todo de releer. El gran fotógrafo llevaba siempre un libro de 10 francos en el bolsillo dispuesto a releerlo o a ofrecerlo a quienes visitaba.

 

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Como también una gran lectora y extraordinaria fotógrafa de escritores fue Gisèle Freund, que afirmaba: “el ojo no es nada si no hay alguien detrás“. Cada uno de sus rostros – así lo sigue recordando Assouline– cuenta una historia. Había planeado sus retratos una tarde de 1939 en la librería de Adrienne Monnier, en la rue Odeón. No usaba estudio, ni aplicaba retoques, solamente una cierta mirada. Su ambición era realizar una galería de retratos en colores de los escritores que se mostrara hoy como cuadros: el escritor destacando sobre el aspecto técnico de la fotografía.

Se ha dicho que la historia literaria del siglo XX tiene una deuda con estos retratos ya que lo que Freund  ha captado y restituido ningún otro lo ha sabido hacer, ni siquiera los ensayistas, los periodistas o los críticos. Ella leía a los escritores y los escritores lo sabían, siempre lo notaban cuando ella hablaba inteligentemente de sus libros. Victoria Ocampo, Henri Matisse, Marguerite Yourcenar, Eliot, Malraux, Virginia Woolf, Joyce… son algunos de sus ejemplos.

 

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(Imágenes- 1- Truman Capote- Cartier Bresson/ 2.- Carl Jung- mientras 59 rssing/ 3.- Ezra Pound- Cartier Bresson/ 4.- Henri Cartier-Bresson/ 5.- Henri Matisse- Gisèle Freund- intercepted by gravitation/ 6.- Virginia Woolf- Gisêle Freund.-garuy com)

HILO DE PLATA

 

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“Entre la oscuridad sin nombre de mi vida, un hilillo de plata me conduce. Fijos en él los ojos, delante de mi alma, nada me importan las palabras – los consejos – de los hombres. Unos días el hilillo cobra una claridad divina, una precisión eterna, parece de diamante; otros se nubla el alma y el hilillo parece de bruma; se pierde, se deshace, casi se rompe. Pero yo fío en él y sigo, como un vidente, su destino. A cada paso hallo hombres que vienen de regreso. Hilo de plata de mi vida, hilo de bruma, hilo de diamante, no te rompas nunca ante mi alma”.

Juan Ramón Jiménez – “Ideas líricas” (1907-1908)

(Imagen.- Paul Klee- 1924)

 

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“Cada una de nuestras acciones durante el día, a lo largo del espectro de la vida cotidiana – vaticinaba J G Ballard en 1977 – , será instantáneamente grabada en vídeo. Por la noche nos sentaremos a ver las imágenes, seleccionadas por una conputadorra entrenada para elegir sólo nuestros mejores perfiles, nuestros diálogos más inteligentes, nuestras expresiones más afectuosas, capturadas a través de los filtros más amables, y luego juntaremos todo ello para tener una reconstrucción mejorada de nuestro día”.

Se  ha querido recordar esto en un reportaje en que se defiende la ciencia ficción como literatura del futuro y se comentan la figura y opiniones del escritor Robert J. Sawyer. La ciencia ficción penetró hace tiempo en nuestro entorno. Largas listas de grandes obras de ciencia ficción nos han acompañado siempre. Sobrevolando gustos y pareceres, Robert Scholes y Eric S. Rabkin en su interesante estudio sobre el gènero (Taurus), proponían una lista de novelas representativas entre las que destacaban “Frankenstein o el moderno Prometeo” (1818), “Veinte mil leguas de viaje submarino” (1870), “La máquina del tiempo” (1895), “Nosotros” (1920), “Viaje a Arturo” (1920), “El hacedor de estrellas” (1937), “El fin de la infancia” (1953), “La mano izquierda de la oscuridad” (1969) o ” El jinete de las ondas de choque” (1976). Ahí se detenía la lista de estos autores que, naturalmente, podría proseguir. Es el mundo de la biología y la termodinámica, el de la física y la astronomía, el de los ordenadores, la psicología y la pseudociencia. Un universo casi sin límites, un universo recorrido por numerosos autores.

 

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Un ejemplo, entre miles que existen, en el que la ciencia ficción aparece de pronto en una planta inesperada, nos lo ofrece Stanislam Lem al narrar el paseo de un personaje por un jardín : “al  aproximarse a una de las sombras más delgadas, que en el crepúsculo habían semejado árboles – escribe en “Edén”- disminuyeron el paso. Del suelo color amarillento surgía un tronco perpendicular, tan gris como el cuero de un elefante y con un brillo ligeramente metálico. El tronco, que en la base no era más grueso que el brazo de un hombre, se convertía, en la parte superior, en una estructura en forma de copa, a unos dos metros del suelo. Era imposible ver si el  cáliz estaba o no estaba abierto por la parte superior. Se mantenía completamente inmóvil (…) El médico tomó una piedrecita y la lanzó al aire. La piedra describió un arco pronunciado y cayó sobre la parte plana del cáliz. El cáliz empezó a ondularse y se cerró; se produjo un breve  sonido siseante, similar a un escape de gas, y toda la columna grisácea, ahora temblando febrilmente, se hundió en la tierra como tragada por ella. El agujero producido se llenó al instante de una sustancia marrón, espumosa y grasienta. Entonces, partículas de arena empezaron a flotar en la superficie, la capa de arena se espesó, y en unos cuantos segundos no quedaba rastro del agujero: el terreno aparecía liso e intacto”.

Así la paz del entorno del jardín la ha hecho temblar el poderío de la ciencia ficción.

 

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(Imágenes.- 1.-smashingpictures com/ 2.Victo Ngai / 3- Eleanor Bond -arthistoryarchive)

EDWARD ALBEE

 

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“Yo creo que se pueden dividir los autores dramáticos – decía Edward Albee – en dos categorías, – al margen de la distinción entre buenos y malos. Está el autor que siente que es un industrial que produce divertimentos por encargo. Un gran número de muy buenas piezas teatrales en este campo han sido escritas por este tipo de personas. Existe también el género de autor que está realmente fuera de toda presión, que es maestro completamente de sí mismo. Su público es en primer lugar él mismo, es para él para quien escribe la obra, y se comprueba que hay muchas gentes que aman igualmente estas piezas. Y yo supongo que entonces, si el autor reflexiona sobre cada uno de sus trabajos, se verá en su conjunto como un crítico social. Como un hombre al margen de la sociedad. Un hombre que nota que en principio su pieza no debería haber tenido que ser escrita.

¿Qué puede decirse en general respecto a la función del escritor, a la posición que ocupa en la sociedad? – añadía Albee en su ensayoCreación artística y compromiso“-. Puede que sea mejor examinar las diferencias que existen entre los buenos y los malos escritores. Un buen escritor transforma el hecho en realidad, un mal escritor lo hará a la inversa en la mayor parte de los casos. Un buen escritor escribe aquello que él cree que es verdadero; un mal escritor pone sobre el papel aquello que a su entender sus lectores creen verdadero. El buen escritor cree que la responsabilidad intelectual y moral de su público es igual a la suya; el malo piensa lo contrario. La popularidad de un trabajo enseñará siempre más sobre la crítica literaria y el gusto del público que sobre el valor de la obra.

¿Los  escritores-creadores toman como asunto la sociedad más que el hombre, apoyándose torpemente sobre las ciencias sociales y la psicología? ¿ Pueden utilizar los hechos – los ingredientes de la verdad – sin convertirse en sus servidores?  Es cierto que el buen escritor crea su público y que el mal escritor se crea a sí mismo”.

 

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Edward Albee, que acaba de morir, vivió durante años en una casa antigua de dos pisos, con escalera de mano, mobiliario danés y decoración moderna. Amaba los gatos y los viajes. Se levantaba pronto, nadaba, desayunaba y se ponía a trabajar. Cuando su trabajo no funcionaba se dedicaba a regar el césped y a quitar la hierba del jardín. Reconocía que la construcción de una obra teatral se parecía mucho a una composición musical. ” El director de escena – decía – se considera desde hace quince años como el coautor; el dramaturgo está persuadido que el director escénico y el actor harán su trabajo. Existe en los Estados Unidos directores escénicos que prefieren recibir piezas sin acabar: entonces es más fácil imponer su personalidad“.

Albee fue escogido con John Steinbeck como embajador de las letras americanas en Rusia y en los países del Este. Discutido, aplaudido – así lo señala Liliane Kerjan al estudiar su obra -, es un hombre secreto. Para sus amigos posee la extrañeza de un felino; tímido, misterioso, inventa situaciones cómicas y ríe muy raramente.

Descanse en paz.

 

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(Imágenes.-1 y 2-Albee.- Wikipedia/ 3.-Albee- foto Jeff Cristensen. Reuters- el país)

ESCRITORES Y LITERATOS

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“La profesión de escritor- decía Erskine Caldwell – tiene un lado penoso, que consiste en que el trabajo lo obliga a uno a mezclarse con una serie de literatos. Para guardar las apariencias, una o dos veces por año, hay que concurrir a una reunión y pasar varias horas en compañía de críticos, autores y gente que lee libros. Todos ellos hablan una jerga que sólo pueden entender los literatos. Únicamente después de proceder a una purificación de fondo puede uno recobrarse y caminar con la cabeza en alto, como un ser humano”.

(Imagen- Norman Rockwell)