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“Bajando de las montañas, con el maravilloso espectáculo de Málaga, el Mediterráneo y Ronda en el horizonte, vimos a un mulero que nos dijo que había una banda de cincuenta ladrones, todos con caballos, en la venta, junto a la carretera y el bosque que teníamos que atravesar aquella noche. Hacia el mediodía entramos en Antequera; a partir de allí la comarca tenía una apariencia inusitada en España: huertos cercados, setos con álamos y olmos que me recordaban el paisaje del Oeste de Inglaterra, pero esta comparación, sugerida momentáneamente por el buen cultivo, no tardó en ser borrada por la realidad, pues fuimos sorprendidos por una tormenta y tuvimos que buscar refugio en una casa grande, pero solitaria, junto al camino; la puerta estaba cerrada y sus habitantes tardaron en oírnos. Por fin, después de muchas preguntas, nos la abrieron con evidente recelo, que aumentó cuando entramos y pedimos pan y vino. Acostumbrados a los bandidos y no a los viajeros, no sabían qué pensar de nosotros al principio.

 

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Luego, yendo camino de Benamejí, se nos unieron algunos arrieros, que nos advirtieron del peligro que corríamos. Era costumbre entonces que los viajeros que pasaban por allí se unieran en caravanas, y como la mayoría eran campesinos que llevaban sus productos al mercado era siempre fácil encontrar alguna a la que unirse. Oímos que una caravana pasaba a una milla de distancia y galopamos a su encuentro, consiguiendo cruzar el bosque con ella. Pasamos por el lugar del peligro, junto a la pintoresca venta y no tardaron los de la caravana en gritar que se acercaban los bandidos; vimos a tres hombres en el bosque, apoyados en sus fusiles, en quienes nuestros compañeros reconocieron a miembros de la banda. Protegido por la caravana como estaba, sentí deseos de ver de cerca a uno de los famosos bandidos andaluces, que, como los contrabandistas legítimos, se distinguen por su atuendo, van en nobles corceles y tienen en su carácter algunos rasgos loables; raras veces cometen asesinatos, a menos que la víctima oponga terca resistencia, muestran gran cortesía y desdeñan las cosas de poco valor; aquellos que vimos en el bosque iban a pie y no se distinguían en nada de la demás gente.

 

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Quizá fueran bisoños en la banda y no admitidos aún en los privilegios del uniforme y los misterios de la profesión, pues, según parece, en las mejores bandas había que pasar por un período de aprendizaje. El número de los bandidos sospecho que era exagerado por la gente, aunque el distrito estaba tan lleno de ellos, que se decía que quien bebiera el agua clara de Lucena quedaba desde aquel momento convertido en cumplido ladrón de caminos”.

Herbert Henry George, tercer Conde de Carnarvon .-“Viajes por la península ibérica” (1827)

 

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(Imágenes.-1,.-pintura de Eulogio Rosas/ 2.-pinterest com/ 3.-tripasvisor/ 4.-gibralf -universidad de Málaga)

CANTOS A ROSA

 

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” Le dije: Ven aquí. Te quiero, Rosa.

Mira los tilos, mira las gayombas

volcándose en el aire. Tú no sabes

lo que se siente cuando se derrama

un tilo en las espaldas. Quien no tenga

una mano al alcance cuando cae

dulce y lenta la lluvia de los tilos,

perecerá. Entonces ella dijo:

¿qué sabes tú de la muerte, ni dulzura?”.

Josè Antonio Muñoz Rojas -“Cantos a Rosa” XVll (1954)

(Imagen.-Robert Mapplethorpe)

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“Es muy simple: por la angustia insensata que experimento, por ejemplo, al ver mi reflejo en un espejo que se obstina en no reproducir nada más que mi rostro – confesaba Eduardo Mendoza a Cecilia Yepes en una encuesta de hace años -. Redacto estas líneas con una vieja máquina de escribir que me han prestado; mi máquina eléctrica está averiada: de todas formas, no tiene importancia, pues la respuesta que acabo de dar es falsa. Tan poca importancia como tiene la pregunta, la mayoría de las preguntas. Tan inexistente como el manto invisible que no cubría la desnudez del emperador; como, por otra parte, la presunta inocencia del niño que reveló esta evidencia (él mismo no era más que un enano usurpador, bien decidido a reivindicar por su cuenta el privilegio de definir la rewlidad). En el fondo, tengo miedo: es que, egocéntrico, solitario, descreído, paranoico o hipocondriaco ( únicamente la falta de medios económicos me salva de la desesperación), me pongo a escribir por las malas razones habituales (inventar una regla de juego plausible para enmascarar mi ignorancia de las reglas establecidas; ser simpático a los ojos de mis vecinos, a quienes les soy, me doy cuenta muy bien, indiferente) y continúo, golpeado por el mal destructor de no saber callarme a tiempo”.

 

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(Imágenes.- 1-Eduardo Mendoza- eldiario es/ 2.-Mendoza, en Londres, tras recibir el premio Cervantes.-foto Lionel Derimais- el país)

 

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La calle de la Montera de nuestros días, esa calle engalanada, coqueta y bulliciosa, centro, podemos decirlo así, del comercio de Madridescribe Gustavo Adolfo Becquer en 1870 -, era hace tres siglos más bien que calle, un lodazal, en tiempo de invierno y un depósito de polvo  y de inmundicias en verano.

¡Oh hermosa calle de la Montera! Tres siglos hace que ni aún nombre tenías, y para dar de ello una ligera prueba, diremos que procede el que lleva actualmente de cierta hermosa dama, mujer del montero mayor del rey. Esta buena señora tenía escandalizado al buen pueblo de Madrid. Y no se crea que estos escándalos deshonrasen al señor Montero mayor: todo menos eso. Todo lo más que sucedía era que la señora Montera se asomaba a sus balcones y, a pretexto de cuidar las flores de sus búcaros, arrojaba a la calle, así como al descuido, dos o tres de las marchitas.

 

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Cuenta la crónica que por un clavel rojo y una maravilla jaspeada de blanco se dieron de estocadas un marqués y un alférez de guardias amarillas, quedando este último bastante malherido, pues en aquel tiempo no eran sólo los militares los únicos diestros en el manejo de la espada (…) En algunas noches oscuras sucedía que al acudir la ronda  al rumor de una pendencia hacían causa común los galanes y arremetían con sin igual furor a los pobres golillas, administrándoles tales palizas, que no tardaban en huir como cuervos a la desbandada, pidiendo favor y ayuda.

Cuando, después de una noche de serenatas y estocadas, la justicia recogía, al amanecer, un cadáver en aquella calle de trágicas aventuras, nuestra buena Montera, tan fresca y tan bella siempre como una flor de primavera, entraba a oir misa en San Luis, sin dar la más pequeña muestra de arrepentimiento por sus culpables coqueterías.

 

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He aquí por qué la linda calle se llama la calle de la Montera. Respecto al comercio que entonces existía en ella, estaba reducido a unos miserables tenduchos en los cuales se vendía pan. Tales establecimientos llegaban desde un extremo de la calle hasta la iglesia de San Luis, y a fin de que no hurtasen el pan tenían a la entrada unas fuertes mallas de cuerda sujetas a un marco. Por eso aún en el día de hoy es conocido aquel sitio con el nombre de Red de San Luis“.

 

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(Imágenes – 1-calle de la Montera- entredosamores/ 2.-calle de la Montera- wordpressvellingmages- net/ 3.- la calle de la Montera en 1893. con la iglesia de San Luis, hoy desaparecida– wikipedia/ 4-calle de la Montera- edicioneslibreria.es)

LA PIEDRA

 

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La piedra es una criatura

perfecta

igual a sí misma

guardián de sus fronteras

con precisión

 repleta

de pétreo significado

con un aroma que a nada recuerda

a nadie espanta no despierta deseos

su ardor y su frialdad

son los justos y están llenos de dignidad

siento su pesado reproche

cuando la retengo en mi mano

y su noble cuerpo

absorbe mi falso calor

 

-Las piedras no se dejan domesticar

hasta el final nos mirarán

con su ojo calmo y clarísimo.

Zbigniew Herbert-Estudio del objeto” (1961)

(Imagen.- Sandra Davolio- 2014)

LA PARTITURA MÁS VALIOSA

 

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“He llamado al primer movimiento Totenfeier; si le interesa saberlo – escribe Mahler a Marschalk en 1896 – es el héroe de mi sinfonía en re, al que conduzco a la tumba… Paralelamente se plantea la cuestión central: ¿por qué has vivido? ¿Por qué has sufrido? Es preciso que de una u otra forma resolvamos este problema para poder continuar viviendo o, incluso, muriendo. Aquel que, siquiera una vez, se haya planteado esta cuestión está en condiciones de responder: y esta respuesta la doy en el último movimiento… El segundo movimiento, un recuerdo. Un rayo de sol en la vida de mi héroe… La vida vuelve a tomarte y ocurre que, en su vana agitación, te produce horror; es como una sala de baile bien iluminada donde se agitan siluetas móviles y danzantes que tú, oculto en la noche, observas desde lejos sin oír la música ¡Así es el tercer movimiento! Lo que sigue ya lo conocéis”.

Ahora se habla de la partitura más valiosa al referirse a la Segunda Sinfonía de Mahler. La correspondencia del compositor alumbra en gran parte sus intenciones creadoras. Marc Vignal en su “Mahler” incorpora aún otro documento más que nos adentra en la composición. “Había buscado en toda la literatura mundial, incluida la Biblia, – escribe Mahler en febrero de 1897 – tratando de encontrar la palabra redentora…

 

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Entonces murió Bülow, y yo asistí a un servicio religioso conmemorativo. El estado de ánimo en el que me encontraba allí, pensando en el difunto, correspondía exactamente a aquel de la obra que me preocupaba de modo incesante. En ese instante el coro entonó la coral de Resurrección. Me estremecí como ante un relámpago; todo era ahora límpido, evidente. El artista vive esperando ese relámpago: es su Anunciación. Me quedaba traspasar a música esta experiencia. Y sin embargo, si no hubiera llevado ya esta obra dentro de mí, ¿cómo hubiera podido vivirla?”.

 

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(Imágenes.- 1-Segunda Sinfonía de Mahler- Sothebys-el país/ 2.-Mahler- foto picture aliance/ 3- Mahler en 1903)

LA PACIENCIA

 

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“De las muchas virtudes que tenemos a nuestra disposición. – decía el poeta ruso Joseph Brodsky -, la paciencia es la más conocida por obtener recompensa. De hecho, la paciencia constituye parte integral de cualquier virtud. ¿Qué es una virtud sin paciencia?: tan sólo buen carácter. En algunos trabajos, sin embargo, no resulta aconsejable; de hecho, podría ser mortal. Otros trabajos requieren paciencia, mucha, mucha paciencia; y quizá por ser la única virtud detestable en ellos, sus profesionales se dedican a fondo a cultivarla”.

Joseph Brodsky– “Pieza de coleccionista” (1991) – “Del dolor y la razón”

(Imagen.-Otto Piene- 1978)