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El artículo del argentino José Emilio Burucúa publicado recientemente bajo el título “¿Qué es una  obra maestra?” nos lleva a otras preguntas similares, las formuladas, entre otros, por Kenneth Clark,  Arthur C. Danto o Werner Spies. “Las definiciones abstractas de la expresión obra maestra – dice Kenneth Clark -, como la definición abstracta de la misma belleza, constituyen un ejercicio de ingenio, pero sólo guarda una relación remota con la expresión(…) La Anunciación de Donatello, por ejemplo, parece sencilla, pero quien haya contemplado durante largo rato esta obra sublime habrá experimentado una serie de emociones profundas y complejas”. Clark, tras recordar que Donatello había visto una obra griega, fuese original del siglo V o una copia del período helenístico, y percibiendo que aquello era una lápida, decidió devolverla a la vida, poniendo entonces de manifiesto” dos de las características de las obras maestras : la confluencia de recuerdos y emociones para conformar una única idea, y el poder de recrear las formas tradicionales de tal modo que sean expresivas de la época del artista y no obstante mantengan la relación con el pasado; las obras maestras no deben tener “el espesor de un hombre, sino el espesor de muchos hombres”, como señaló Lethaby.”

“En el caso del retrato de Pablo lll, de Tiziano, en Nápoles, se presenta un ejemplo conmovedor de la completa entrega a un personaje complejo- sigue diciendo Clark -.Es posible estar mirándolo durante una hora, como he hecho yo, apartando y devolviendo la mirada, y descubrir algo nuevo cada vez. La cabeza de un viejo sabio, un viejo zorro astuto, un hombre que ha conocido demasiado bien a sus semejantes, un hombre que ha conocido a Dios. Tiziano vio todo esto y mucho más”.

Tras recorrer épocas, obras y pintores, Clark se detiene ante “Mujer con guitarra” de Picasso, de 1911. “¿Podemos decirse pregunta – que los grandes cuadros cubistas de Picasso son obras maestras? Yo creo que podemos afirmarlo. Un cuadro como “Mujer con guitarra“, que tan esotérico resultaba cuando fue pintado en 1911, en la actualidad no presenta dificultades a nadie con cierto sentido de la composición animada”. A lo largo de su apasionante recorridoRembrandt, Velázquez, Giotto, Roger Van der Weyden, Hugo Van Der Goes, Brueghel, Boticelli, Caravaggio, Giorgione, Rubens, Manet y tantos otros en “¿Qué es una obra maestra?(Icaria) – el gran historiador inglés vuelve a su teoría:” una obra maestra es la de un artista genial que ha sido absorbido por el espíritu de la época de tal forma que su experiencia personal se convierte en universal”.

Largo debate, gustos diversos, pareceres valiosos, enfoques distintos.

(Imágenes.-1.-Donatello.-La Anunciación.-Sta Croce.-Florencia/ 2.-Tiziano.-Pablo lll.- Museo de Campodimonte.- Nápoles/ 3.- Picasso.-mujer con guitarra.-1911)

VOTOS FLORIDOS

“En lo tibio del soto,

levantando las piedras,

esquivando las zarzas, apartando las hojas,

buscaba violetas.

Por tu inclinarte noble

sobre las claras yerbas,

tocándolas con gracia, moviéndolas sin daño,

que encuentres violetas.

Por tu mirar sereno

cuando, irguiéndote, dejas

todo a tu lado, el soto encendido y riente,

que encuentres violetas.

Para tus manos suaves

donde tienen las venas

el color delicado de las flores menudas,

que encuentres violetas.

Para adornarte el pecho

en el día de fiesta,

porque adoras su gracia acabada y oculta,

que encuentres violetas.

Porque al pasar, las zarzas,

revolviéndose tercas,

en la nieve del cuello te arañaron con sangre,

que encuentres violetas.

Porque nunca maldigas

de la piadosa tierra,

y el buscar no te canse, y el sufrir te consuele,

que encuentres violetas,

un montón de olorosas violetas”.

Eduardo Marquina.- “Votos floridos”

(Imágenes:- 1.-alejandroaura net/ 2.-dicasparaminhacasa com br/ 3.-inforjardin com/ 4.-infojardin com/5.-bellezasentrebamoolinas com/ 6.-biankycarias tk/7.-arwen7 lacotelera net)

UNA MAÑANA EN SPOLETO

Recuerdos de mi estancia en los años sesenta por Italia.

“Once de julio de 1965 en Spoleto. Ezra Pound avanza
por la Plaza del Duomo sin que
nadie le mire, como un invitado más
al “Festival de Dos Mundos“. Aparece delgado,
extraordinariamente delgado, las mejillas
huesudas bajo la barba blanca, el pelo cano,
las manos aún firmes y nervudas, un brillo
inconfundible de hondura y de penetración
en sus ojos. Su figura tropieza casi con la
de un campesino italiano o roza con la de
un “señorito” de provincias que, en mangas
de camisa, en un ángulo, lanza largas miradas
a ¡las gentes que cruzan.
He salido temprano de Roma, a la hora
de la ciudad desierta que va a ser invadida
de calor; lie atravesado un bellísimo pueblecito
Narni— asomado a la profundidad
de un valle. A las doce, en Spoleto, representación
en el teatro Cayo Melisio. Maravilla
encontrar de improviso en esta Plaza del
Duomo, en el interior de un edificio que
quiere ser anónimo, un teatrito dorado y
rojp, aparentemente nuevo, cuidado como
una miniatura barroca que estuviera escondido
en el fresco pozo de esta casa aplastada
de sol. Ya el público es un espectáculo
antes de que el espectáculo comience: se
mezclan inteligencias creadoras con mentalidades
simples, artistas con muchedumbres
de puebio. Aquí están jóvenes compositores
ingleses, pintores franceses, vanguardia y
tradición, roto cuanto pudiera haber de formal
y de aparente. Se escucha a Brahms, Chopin
o Schubert en pantalón vaquero o en tirantes
de playa; sólo veo un sombrero, el único
recuerdo de las elegantes tardes musicales
de Europa. Quedan más tenues las luces: el
patio de butacas ofrece, desde un ángulo,
un panorama insólito: poetas y agricultores,
ojos penetrantes y manos rudas. Es extraor-
diñarla esta luz rosada, sedante, que viene
de los palcos abiertos en silencioso semicírculo…


Ahora comienza el concierto: un
joven inglés balbucea con gracejo algunas
palabras en italiano.y sirve como presentador.
En primera fila, alguien, quizá venido desde
Suecia para abrazar el sol, estira sus piernas
en actitud desenfadada y libre para escuchar
las ondas de la música, frente a mí, un
niño negro que escucha inmóvil; a su lado,
cayendo sobre el anfiteatro, el pelo rubio
de una turista extasiada. ¿Dónde está Ezra
Pound?
Cuando salimos, le veo de nuevo andando
a pasos cortos, seguros, vestido con chaqueta
marrón y pantalones grises. De su barba
blanca y de su antiguo cuerpo entregado al
tenis y al boxeo, queda poco ya en este viejo
errante tal y como lo veo en esta mañana
de domingo. Camina lentamente hacia el fin
de su vida acompañado de su continuación:
una alta y rubia -mujer, quizá esa hija suya
casada .con un conocido egiptólogo. Parece
Ezra Pound —oscuro siempre— mucho más
transparente: sus hombros reducidos a huesos,
chupadas manos y mejillas y unas blancas
hebras levantándole una nube en el
pelo. Sólo sus ojos, mirando al futuro, dejan
que se vea su pasado, ese largo viaje de
contradicciones e ironías, ochenta años de
intuición y obsesiones que por el camino de
la poesía le han llevado desde el estado de
Idaho hasta estos pueblos Italianos.
Asciendo por la escalera de caracol de la
casa de Gian Cario Menotti en esta misma
Plaza del Duomo. Menotti ahora no vive aquí:
estos días lo ocupa todo Ezra Pound. Bellísima
sala en lo alto en esta casa de Menotti:
el mirador no tiene cristales ni ventanas y su
originalidad se completa con un mobiliario
fresco y ligero, de mimbre, que alarga su
tono amarillo hasta un pequeño bar. Menotti
entra rápido, me saluda. Me habían hablado
de que era muy nervioso, incapaz de permanecer
quieto ni siquiera en sus gestos:
es cierto. Pide una limonada, bromea con

el criado, me habla de España y de su teatro.
No cesa de hablar ni de moverse: de cerca,
advierto su rostro fatigado, una voz con cadencias,
unos ojos inteligentes.
Pasan las horas. A las tres y media de ese
domingo de julio abandono Spoleto y marcho
hacia Asís. Me acompaña el hondo mutismo
de Ezra Pound, que no habla, prácticamente,
desde hace años, que escucha, recuerda,
conserva su memoria, a veces llega a hacer
un esfuerzo y ante una pregunta responde
con un “sí” o con un “no”.

Hoy recuerdo
que en 1968, Pasolini, en una entrevista televisiva,
logró romper aquel mutismo. Y le
hizo una pregunta terrible para el autor de
los “Cantos“, una pregunta que Pound no
acabaría de perdonarle: “¿Le agradaría en
este momento participar en una de esas demostraciones

que se hacen en América o
en Italia por la paz?” Y Pound respondió:
“Creo en las buenas intenciones, pero no en
la eficacia de estas demostraciones. Sin embargo,
desde otro punto de vista, como he
escrito en otro “Canto” incompleto, cuando
nuestros amigos se odian entre ellos, ¿cómo
es posible la paz mundial?”
Al caer la tarde de aquel 11 de julio
de 1965, una paz se abandona donde silencio
y soledad se densan. El sol está tímido.
Desde el pequeño jardín de San Damián, en
Asís, el horizonte se abre inmenso, campos,
montes y cielos siembran su belleza en el
mundo. Parece que pudiera cantarse aquí,
en el sitio donde se escribió, el “Cántico al
Sol”. Una brisa va quitándole agobio a la
temperatura ardiente. Desde el ojo de la ventana
de este minúsculo jardín, la poesía—lo
dice con voz muda Ezra Pound—, es un
largo silencio”.

José Julio Perlado.-ABC.-3 de noviembre de 1972

( por cortesía del Archivo de ABC)

(Imágenes:- 1.-Ezra Pound.-Henri- Cartier Bresson.-1971/2.-Ezra Pound.-1923.-Man Ray/ 3.-Ezra Pound.-foto de pasaporte.-bellswithin/ 4.-Plaza del Duomo en Spoleto.-members virtual tourist com)

CARLOS FUENTES

“Soy un escritor matinal – le decía Carlos Fuentes a Alfred Mac Adam y Charle Ruas en Princeton, Nueva Jersey, en diciembre de 1981, paraThe Paris Review” -: a las ocho y media ya estoy escribiendo en manuscrito y sigo hasta las doce y media, cuando me voy a nadar. Después vuelvo, almuerzo y leo a la tarde hasta que voy a hacer mi caminata para la escritura del otro día. Ahora debo escribir el libro mentalmente antes de sentarme a escribirlo en realidad. Durante mis caminatas en Princeton siempre sigo un recorrido triangular: voy a la casa de Einstein, en Mercer Street, después a la casa de Thomas Mann, en Stockton Street, y después a la casa de Hermann Broch, en Evelyn Place. Tras haber visitado esos tres lugares, vuelvo a casa, y para entonces ya he escrito mentalmente las seis o siete páginas del día siguiente. (…) Primero escribo a mano y después, cuando siento que ya lo “tengo“, lo dejo reposar. Después corrijo el manuscrito y lo mecanografío yo mismo, corrigiendo hasta el último minuto”.

“Para mí, en todas las novelas en América Latinale decía a Emir Rodríguez Monegal enEl arte de narrar“-. evidentemente hay una búsqueda del lenguaje. Un remontarse a las fuentes del lenguaje. Si no hay una voluntad del lenguaje en una novela en América Latina, para mí esa novela no existe. Yo creo que la hay en Cortázar, en primer lugar, que para mí es casi un Bolivar de la novela latinoamericana. Es un hombre que nos ha liberado, que nos ha dicho que se puede hacer todo. En García Márquez, en Vargas Llosa, en Donoso, en Vicente Leñero, hay evidentemente una voluntad de encontrar un lenguaje que es al fin y al cabo la respuesta del escritor tanto a las exigencias de su arte como a las exigencias de su sociedad, y creo que ahí radica la posibilidad de la contemporaneidad”.

“Escribo con los nervios del estómago – le decía a Luis Harss enLos nuestros” (Sudamericana) – y lo pago con una úlcera duodenal y una colitis crónica. Vivo como escribo, por exceso y por insuficiencia, por voluntad y por abulia, por amor y por odio. Se escribe con algo que no le importa a nadie sino al escritor”.

(Pequeña evocación en el día de su muerte. Descanse en paz)

(Imágenes-1-Carlos Fuentes.-foto Leo Lavalle.-EFE/ 2.-Carlos Fuentes.-impreso elnuevodiario.com.ni/ 3.-Carlos Fuentes.-Alfaguara. com)

NOCTURNO MADRILEÑO

“De un cantar canalla

tengo el alma llena,

de un cantar con gotas monótonas, tristes

de horror y vergüenza.

De un cantar que habla

de vicio y de anemia,

de sangre y de engaño, de miedo y de infamia

¡y siempre de penas!

De un cantar que dice

mentiras perversas…

De pálidas caras, de labios pintados

y de enormes orejas.

De un cantar gitano,

que dice las rejas

de los calabozos y las puñaladas,

y los ayes lúgubres de las malagueñas.

De un cantar veneno,

como flor de adelfa.

De un cantar de crimen

de vino y miseria,

obscuro y malsano…

cuyo son recuerda

esa horrible cosa que cruza de noche

las calles desiertas”.

Manuel Machado.- “Nocturno madrileño”

(Imagen.-Madrid.-calle Mayor.-1954- 1956.-foto CAS oorthuys)

CAFÉS Y PALABRAS

No hace muchas semanas he participado en un Simposio en Andalucía – concretamente en Jaén – sobre la figura humana y literaria de José Ortiz  de Pinedo, mi abuelo materno, y sobre toda la época de la novela y el cuento español a principios del XX, y allí evoqué, entre otras cosas, ese reino de las tertulias inolvidables, el recinto de los cafés y las palabras.

” Interesantes aportaciones – recordé en mi intervención - sobre aquella actividad de los cafés de la capital de España se han ido publicando a lo largo del tiempo, como, por ejemplo, “Las tertulias de Madrid” de Antonio Espina (en la que se habla, entre otros, de un amigo de mi abuelo, Emilio Carrere, en sus reuniones en el Café Varela, en la calle de Preciados esquina a la de las Fuentes) o, ya más recientemente, el volumen de Miguel Pérez Ferrero, “Tertulias y grupos literarios”.

“Por mi parte, respecto a los cafés, recuerdo perfectamente – como anécdota que me quedó muy marcada – cómo un día le pedí a Ortiz de Pinedo - era el año 1956 -conocer El café Gijón y allá fuimos los dos, abuelo y nieto. Yo esperaba que él, como escritor, me mostrara el ambiente cálido y literario de las tertulias, pero mi abuelo – desconozco por qué – eligió para verlo la primera hora de la mañana. Estaba el café recién abierto, las mesas vacías, las sillas apartadas, las limpiadoras ejerciendo su oficio. Entramos, y desde el umbral me dijo cariñosamente: “Éste es “El café Gijón, salimos, y ya no conseguí ver más. Luego, lógicamente, he vuelto por “El Gijón muchas veces, en alguna ocasión me he encontrado allí con escritores, aunque nunca he asistido a las tertulias. Pero no se me olvidará, sin embargo, aquella mañana en que me asomé con mi abuelo, José Ortiz de Pinedo, ante El Gijón” vacío”.

Café y palabras. Palabras y cafés. Varias veces he hablado en Mi Siglo de ambas cosas: la revolución de las cucharillas removiendo los posos de las conversaciones, las tazas repletas de opiniones, los camareros solícitos, el griterío del mundo alrededor..

.El mejicano Alfonso Reyes en su interesante libro “Tertulia de Madrid(Austral) evoca – como han hecho tantos otros – la famosa tertulia de “Pombo” en la que Ramón Gómez de la Sernase sienta, rodeado de los suyos, junto a una mesa que tiene las delicadas proporciones de un ataúd. Desde allí ve desfilar el tiempo, ve pasar a la Muerte disfrazada de camarero, ve pasar a Goya, a la de los ojos coléricos y al de la barba despeinada. De banquetes de tiempo en tiempo – banquetes organizados por la comisión R. G. de la Serna, Ramón G. de la Serna, Ramón Gómez de la S.. etc. etc -, publica proclamas. Lleva un registro en que firman todos los tertulianos. Es una de las últimas tertulias, y los guías la muestran a los forasteros (desde lejos) como una supervivencia“.

Pero ha habido innumerables tertulias. Testimonios menores pero verídicos recuerdan la tertulia del Café Español, frente al Teatro Real, tertulia de estudiantes y de aficionados a las letras y en cuyo café tocaba el piano un ciego, y cuando cerraba sus puertas, los dueños del establecimiento permitían entrar en la casa, donde se jugaba al mus y al amanecer se comía una tortilla. Tertulias como las del Café Regina, o la del Lyon d´Or, la del Levante o la del Café del Prado, en una de cuyas mesas escribía frecuentemente Jardiel Poncela. Tertulias itinerantes, como la que comenzaba en el Café de Platerías y terminaba en el Café Puerto Rico.

Conscientemente quedan muchas por enumerar. Díaz Cañabate escribió “Historia de una tertulia“, Ricardo Baroja pintó varias de ellas con su pluma y Pérez Ferrero, entre otros, paseó sus páginas por aquellos cafés llenos de palabras, palabras en “Cruz y Raya”, palabras en “La Gaceta“, palabras en Lhardy, en el Café Europeo, palabras en el Café de Madrid, en la Cervecería Inglesa o en el Café de la Montaña

Cafés y palabras, palabras con sorbitos de café, café y espuma de palabras…

(Ante la aparición de un nuevo libro: “Los cafés históricos“, de Antonio Bonet Correa)

(Imágenes:- 1.-café A Brasileira.-Lisboa.-elpais. com/ 2.-interior del Café Spert.-Viena.-1890.-elpais.com/ 3.-Henri Gervex.- escena de café.-1877.-Institute of Arts Detroit,.Francia.-elpais.com/ 4.-Benjamín Jarnés, Humberto Pérez de la Osa, Luis Buñuel, Rafael Barradas y Federico García Lorca.-1923.-elpais.com/ 5.-Emile Wattier.- café de París.-1820/ 6.-foto de familia del personal de un café parisino.-1900.-elpais.com)

“Los instrumentos son la pequeña arquitectura del sonido – ha recordado Ramón Andrés en su excelente libro “El mundo en el oído”, al que alguna vez me he referido en Mi Siglo -. Cuando los instrumentos resuenan, el recuerdo hace vigente lo vivido, el pasado pierde la temporalidad y retorna a cada uno lo que fue, lo que es“. Dentro de cuanto ha sido y de cuanto es el hombre se encuentra escondida – como dormida en pliegues –  la alegría. La alegría no suele viajar en trenes ni en vagones. Va embozada en los rictus del rostro, agrietada por las preocupaciones. Las preocupaciones recorren los raíles de la prisa, la aceleración llama a la tensión- Pero los instrumentos de repente tocan la sorpresa de la alegría y de la epidermis de la alegría nace la luminosidad de la sonrisa: sale de su cueva la sonrisa, se desembaraza de la quietud del rostro, asciende hasta los ojos y los enciende, baja hasta los labios y los curva.

La flauta y el violín – una con sus orificios, otro con sus cuerdas – realizan la operación. Los instrumentos curan por unos instantes, entre túnel y túnel. Basta que las manos del sonido pasen sobre los rostros para que tenga lugar – brevemente – la curación por la música.

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