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Archivos de la categoría ‘tiempo’

-Escribir: ensayar meticulosamente el retener cualquier cosa, hacer que sobreviva cualquier cosa: arrancar algunas migajas precisas al vacío que se ahueca, dejar, en alguna parte, un surco, un trazo, una marca o algunos signos.
Esto me dice junto a mí Georges Perec antes de emprender el viaje desde este cuaderno en que escribimos. Estamos en el espacio de la página, una página tamaño folio que vamos cubriendo con el tiempo de las letras, vamos uniendo palabras, las palabras nos abren paso al espacio del apartamento – espacios útiles e inútiles, puertas, muros, escaleras -. Las escaleras nos permiten caminar por el piso, nos bajan hasta el espacio de la calle, aquí están los lugares alineados que nos muestran el espacio del barrio, el barrio se expande a la ciudad, el espacio de la ciudad y sus límites de campo, el gran espacio del campo extendido sobre el país, la forma, las fronteras, el espacio del país, el espacio del continente, el mundo, ahora andamos sobre el mundo, miramos hacia ariba y en derredor y vemos el espacio desnudo, el gran espacio sin nombre, no se le puede tocar como no se puede tocar el tiempo, espacio sin medida, líneas verticales y horizontales, formas redondas, jugamos con el espacio mientras andamos por él, intentamos evadirnos, queremos conquistar el espacio y nos preguntamos si todo él es habitable, miramos al fondo del espacio y volvemos a ver el mundo, el continente, el país, el espacio del país, el espacio del campo, el espacio de la ciudad y del barrio, el espacio de la calle y del piso, el espacio del apartamento y por fin el espacio de estas palabras escritas sobre este cuaderno, este cuaderno que estamos escribiendo Georges Perec y yo cubriendo con el tiempo de las letras los espacios en blanco.

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En la memorable película de Theo AngelopoulosLa eternidad y un día“, un poeta va comprando palabras a todos aquellos que las venden, y adquiere así por unas pocas monedas la palabra cielo, y la palabra perfume, y la palabra olvido. Ahora que está a punto de llegar la gran esfera del misterio, un nuevo año cargado de paisajes y de conversaciones, rostros que conoceremos, penas y gozos, encuentros, despedidas, aquel proyecto hecho realidad y la última sonrisa que esperábamos, las palabras futuras se nos ofrecen aún sin abrir y será al rodar el mundo por los días del tiempo como la caja de las sorpresas nos mostrará el secreto.
“¿Cuánto dura el mañana?”, pregunta en la película el escritor Aléxandros.
La respuesta la trae escondida el Año Nuevo.

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Hoy Arcadi Espada en su columna de EL MUNDO habla de Anna Caballé a la que yo me referí en mi blog del 29 de agosto. El libro de la profesora sobre Umbral -”El frío de una vida”-”cuya sola mención – dice Espada-se ha eludido estos días como peste en el duelo por el escritor” abre, como dije, el panorama sereno de la crítica. ¿No es más alto y profundo en Lorca “Poeta en Nueva York” que otros “Romanceros” aplaudidos popularmente en un principio? ¿No hay obras teatrales de Valle-Inclán o novelas como “Tirano Banderas” que superan a algunas de sus “Sonatas”? ¿Qué ha quedado de la musical sonoridad de Gabriel Miró? ¿Qué lugar ocupan en Galdós los “Episodios Nacionales”? Es necesaria la distancia. Hacer crítica rigurosa y sosegada supone ir colocando-lo hacen los historiadores-las cajas de las obras en las estanterías de la gran Biblioteca. Además vienen luego las modas. ¿No nos trae el viento, por ejemplo, de nuevo a Stefan Zweig? Vientos y modas entran y salen por las ventanas de la Biblioteca del mundo cruzada de laberintos. “El tiempo lo cura todo”, le dice un lector a otro mientras hojea en la penumbra un libro olvidado. Y el otro en silencio asiente mientras abre también otras páginas y, tras desempolvarlas, las vuelve a colocar cuidadosamente alineadas en su memoria.

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MUERTE EN LA GLOBOSFERA

Al amanecer, la Globosfera se invade de partículas diminutas y multicolores como las arenas del sol, como los rayos de la playa. Todos los que hemos pasado allí el verano nos traemos la aurora boreal de las pantallas iluminadas, los teclados sonando en las ventanas. Pero ayer, al volver a la vida corriente, las gentes no hablaban de otra cosa: esa historia del escritor chino Chang Ch`i-yun, un enamorado del papel de arroz y de los pinceles que ha muerto en la globosfera. Devorado por el resplandor de su pantalla empezó a caer dando vueltas y vueltas ayer hacia las doce de la noche, alejándose cada vez más del papel de arroz, de la escritura tradicional, de los lenguajes y signos milenarios, de la finura de los pinceles, de la respiración acompasada. Todos los que nos asomamos al espacio pudimos ver su cuerpo golpeado por las teclas y siempre incandescente, bola de fuego que no acaba de caer y que cae continuamente igual que lo sigue haciendo ahora, ya que la globosfera no consume al no existir un fondo donde reposar.
Se dice que ha caído al querer reemplazar su secular caligrafía por otra nueva y no calcular bien el abismo del tiempo. No sé si será cierto. Lo más probable es que el tiempo haya sido alcanzado por la velocidad de su escritura.

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PROLONGAR EL TIEMPO

Hoy a las once, nada más leer en Clarice Lispector que “escribir es prolongar el tiempo, es dividirlo en partículas de segundos”, me he puesto a escribir el libro que estoy haciendo, un libro sobre la prolongación del tiempo, el tiempo que se alarga con las frases, las palabras encadenadas a las palabras, la misma puntuación que me lleva como siempre de un verbo a un adjetivo, los párrafos enlazados a mi letra pequeña, escrita sobre esta mesa al lado de la ventana, la ventana junto al mar, el mar prolongando el tiempo de la tierra, la tierra lamida por el agua, el agua prolongada en el sol. A las once me he dado cuenta de que ya llevaba más de una hora prolongando este tiempo porque han entrado a avisarme que la comida estaba en la mesa y he escrito que comía con todos, he descrito sus caras y he recogido sus conversaciones con mi letra pequeña escrita sobre esta mesa al lado de la ventana y la ventana junto al mar. Luego, a las once, he prolongado el tiempo de mi libro contando cómo son aquí las tardes y qué siento yo con el paso de la edad, esta prolongación silenciosa de los años, este peso que de vez en cuando se nota al escribir, la prolongación de las venas en las manos, las pequeñas manchitas en la piel. A las once he descrito mi paseo vespertino hasta el lago, cómo las piernas se prolongan en la sombra, cómo las sombras me acompañan al andar, cómo el día decae.
A las once me he enterado de que se ha muerto Umbral esta madrugada y recuerdo cuando lo conocí en Valladolid hace muchos años.
Ahora son las once, cuando escribo esto. No salgo, no salgo nunca de las once divididas en partículas de segundos. Sé que mientras escriba prolongo para siempre este tiempo de las once y es así como sigo escribiendo.

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