Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘fantasía’ Category

Entro en este despacho italiano en donde el periodista veneciano Alberto Sinigaglia, sentado a pocos metros de Italo Calvino, le pregunta al autor deLas ciudades invisibles“:

- ¿El mundo será aún capaz de fantasía?

Calvino está un poco fatigado. Estamos en 1982. Faltan tres años para que el escritor fallezca.

-¿La imaginación al poder? A mí me parecía que era un eslogan muy hermoso. Pero pensando un poco en todo ello, el secreto está en que la imaginación no tome nunca el poder, es decir, no se transforme en palabra de orden, no se transforme en programa obligatorio. La imaginación, la fantasía, la creatividad de la que tanto se habla, deben de contraponerse a un elemento incluso de rutina, de algo predecible, que haga que la vida se pueda vivir.

Si todo es fantasía, no se realiza nada. Probablemente, si tenemos alrededor un escenario de grises paralelepídedos podremos decorarlo con lazos y banderitas. Pero si sólo tenemos lazos y banderitas no se consigue nada. Por ello yo soy algo desconfiado sobre todo eso del pacto de creatividad como fin de la educación, como principio primero, todo eso de que cualquier trabajo debe ser creativo…No. El trabajo debe ser exacto, metódico, hecho con unas ciertas reglas. Después, encima de todo eso, puede alzarse la creatividad.

Salgo de puntillas de este despacho italiano. Pienso en la fantasía y en el orden. En la invención y en la realidad.

Read Full Post »

Paseo por las afueras de Madrid con Oscar Wilde, al que llevo metido en un bolsillo en forma de libro, El arte de conversar (Atalanta), veintiocho relatos del escritor inglés y una colección de aforismos.

Pero lo que me interesa es charlar, dejarle hablar, que él me escuche, el juego de las reverencias en el diálogo, el respeto mutuo, la cortesía al exponer y al defender argumentos, toda la educación de las palabras cuando mezclan interés y atención entre pausas, como si el paseo en el tiempo se detuviera.

Le cuento que tengo este blog titulado Mi Siglo, la invención de la realidad, y Wilde sonríe:

- El placer superior en literatura es dar realidad a lo que no existe – me dice.

Por eso estas invenciones de los paseos, estas pisadas en la fantasía, los crujidos de nuestros zapatos tienen más fuerza que todas esas vidas con las que nos cruzamos, esas vidas que nos saludan al pasar, todos esos hombres y mujeres reales que nos ven como fantasmas.

Le pregunto a Wilde qué libros lee y si presta libros.

- Cuando se da un libro – me dice -, debiera darse un libro encantador, tan encantador, que sintiera uno haberlo dado y que al mismo tiempo, no quisiera que le fuera devuelto.

Se detiene un momento, saco de mi bolsillo El arte de conversar y le pregunto cómo podrían dividirse los libros.

Wilde hojea el volumen que él ha escrito y me comenta:

- Los libros pueden ser muy cómodamente divididos en tres clases: 1ª Los que hay que leer… 2ª Los que hay que releer…y 3ª los que no hay que leer nunca… La tercera clase es, con mucho, la más importante… Realmente, decir a las gentes lo que no deben leer es una de las necesidades que se dejan sentir, sobre todo en este siglo en que vivimos, en un siglo en que se lee tanto, que ya no tiene uno tiempo de admirar, y en que se escribe tanto, que ya no tiene uno tiempo de pensar. Quien escoja en el caos de nuestros modernos programas los Cien peores libros y publique la lista de ellos, hará un verdadero y eterno favor a las generaciones futuras.

Guardo el libro en el bolsillo, echo a andar con Wilde por los paseos de la conversación. Pasan las gentes saludándonos, sorprendidos de que no seamos fantasmas. La invención de la realidad da una vuelta entre árboles y setos, vemos la ciudad al fondo, y llegamos así -el escritor inglés y yo – a la plazuela de las despedidas.

Read Full Post »

“Mi tía Mary -narra la escritora norteamericana Elisabeth Bishop -tenía dieciocho años y se había marchado a Estados Unidos, concretamente a Boston, para estudiar en una escuela de enfermeras. En el último cajón de la cómoda de su habitación, perfectamente envuelta en delicado papel de seda rosa, reposaba su muñeca preferida. Ese invierno yo pasé mucho tiempo enferma con bronquitis, y finalmente mi abuela me la ofreció para que jugara con ella, lo cual me sorprendió y me hizo feliz, porque jamás había sabido de su existencia. Y mi abuela había olvidado cómo se llamaba.
Tenía un amplio vestuario, que le había confeccionado mi tía Mary y que estaba guardado en un baúl de juguete de latón verde con los pertinentes listones, cerraduras y clavos. Las prendas eran preciosas, maravillosamente cosidas y tenían un aire anticuado, que incluso yo percibía. Había unas enormes enaguas ribeteadas con un encaje diminuto, una faja y un corsé con pequeñas ballenas. Eran fascinantes, pero lo mejor de todo era el modelito para patinar. Consistía en un abrigo rojo de terciopelo, un turbante y un manguito de una especie de cuero marrón comido por las polillas, y para que el conjunto provocase una emoción casi insoportable, un par de botas blancas de cabritilla con cordones, con los ribetes festoneados, y un par de patines demasiado pequeños y romos, pero muy brillantes, que mi tía Mary había cosido con puntadas de grueso hilo blanco a las suelas, dejándolos bastante sueltos”.
Así comienza un famoso cuento, Gwendolyn, en el volumen de relatos -los pocos relatos que Bishop hizo – titulado Una locura cotidiana (Lumen). Estamos ante la literatura de observación, de minuciosa y creadora observación. Hay otra literatura – la de invención, la de imaginación – tan potente como la que acabamos de leer, y ambas (la observación y la invención) se complementan. Tan difícil es una como la otra. Los sentidos – en este caso el ojo de la escritora- se ha ido fijando en los detalles más minúsculos de esa muñeca que describe, esa muñeca que quizá hemos visto en ciertas casas muchas veces, pero que sólo el ojo de un creador sabe fotografiar. El ojo se demora en la descripción de pequeñeces esenciales, en colores, en formas, no tiene prisa por pasar adelante en el relato, mima como un artesano lo que cuenta. Se ha dicho que Elisabeth Bishop – esencialmente dedicada a la poesía – tenía un talento especial para, a través de los sentidos, llegar a lo medular. Siempre que se quiere llegar al sentimiento o al pensamiento en el relato se recorre el camino de los sentidos, ese ver y tocar las cosas que Flannery O`Connor tanto recomendaba a quienes querían empezar a escribir.
Luego esos sentidos, esa observación, pueden seguir si lo desean hacia el realismo o abrir en cambio la caja de las sorpresas y entregarnos de pronto lo que hay dentro y cuyo nombre suele ser siempre la fantasía.

Read Full Post »

¿Es verdad que acabo de oir el trueno o acaso lo voy a oir ahora? Estas raíces blancas en el cielo, las venas en el corazón de la tormenta, el temblor del paisaje, los cables eléctricos, el estremecimiento de las nubes, las contracciones del aire, ¿todo esto es verdad o es fantasía?. Es verdad, me dice Tolkien paseando, lo hacemos bajo el imperio de los ruidos, entre las luces viol áceas, él mira al cielo y me explica que Thörr es el nombre del Trueno, y Miöllnir el martillo del relámpago y que el Trueno tiene la barba roja, la voz potente, el temperamento violento y la fuerza bruta y aniquiladora.
-¿Pero es esto verdad?.-le insisto preguntando.
Me contesta con las frases que pronunció en su célebre conferencia del 8 de marzo de 1939 en la Universidad de Saint Andrews, en Escocia, y que llevó por título “Sobre los cuentos de hadas”. Están recogidas en el volumen Árbol y Hoja y las he leído muchas veces. Sí, es verdad – me dice Tolkien -. Probablemente todo escritor, todo sub-creador que elabora un mundo secundario, una fantasía, desea en cierta medida ser un verdadero creador, o bien tiene la esperanza de estar haciendo uso de la realidad.
Pero mire usted -me sigue diciendo Tolkien mientras andamos -, la cualidad específica del “gozo“en una buena fantasía puede así explicarse como un súbito destello de la verdad. No se trata sólo de un “consuelo” para las tristezas de este mundo, sino de una satisfacción y una respuesta al interrogante: “¿Es eso verdad?”. La contestación que di al principio fue: “Si habéis creado bien vuestro propio mundo, sí; en ese mundo es verdad“.
El aire extremadamente caliente se expande ahora sobre nuestra conversación, el roce con el otro aire frío del ambiente produce tal onda de choque, tal estruendo en el relámpago, que raíces de luz iluminan el cielo de la cara de Tolkien mientras nos despedimos.

Read Full Post »

A ese niño inclinado en su cuaderno de clase, que estruja el lápiz con los dedos, tuerce la lengua para aplicarse más y baja la cabeza hasta casi rozar el papel, nunca le salen las cuentas porque siempre bulle en su cabeza la fantasía y dos y dos le suman cinco y nunca cuatro, la fantasía se le desborda y siente por todas partes todo tipo de visiones, por ejemplo, si levanta la cabeza y mira esa mancha en la pared ve, como Leonardo, caballos en el aula, caballos voladores que cruzan el colegio, caballos que van veloces por los pasillos, que relinchan cuando pasa el director, que marchan al galope por las cocinas y que reposan al fin de nuevo en la pared.
A ese niño que se concentra en la suma de todos los días el dos más dos siempre le sale cinco porque acaba de ver esa bici apoyada en la esquina del patio y él, como Picasso, retorcería enseguida el manillar para hacer los cuernos de un toro, ese toro que embiste al más creído de la clase, lo levanta en el aire y le deja caer humillado.
A ese niño nunca le saldrá exacta la suma de la realidad. Será un inventor, un pintor, un poeta. Él no lo sabe. Se vuelve a inclinar en el cuaderno a luchar siempre con el dos pero el dos se le rebela. Aunque cuente con los dedos ve asombrado que de las uñas le está saliendo ahora un gran cinco radiante que ilumina todo el aula.

Read Full Post »

Recuerdo perfectamente al contador de historias en mi infancia, cuando iba con mis hermanos al colegio y le veía allí, en aquel banco junto a la carpa de circo, levantar en el aire las palabras y hacer malabarismos con los acentos y las comas, comerse el fuego de las admiraciones y esconder verbos y adjetivos, taparlos con cubiletes de colores y cortar la cinta de la poesía en varias partes para pegar los versos sin trucos. Yo creo que desde ese momento quise hacerme escritor. Recuerdo que el mejor de sus relatos era aquel que contaba la vida de un contador de historias de Londres, al que situaba en Gordon Square, y del que decía que era el mejor embaucador de verdades porque cogía una verdad por la cola y la transformaba de pronto en fantasía, la hacía girar y girar varias horas ante los ojos y oídos de los transeuntes.

Años después, cuando estuve en Londres, le descubrí. En aquella esquina de Gordon Square el mismo contador de historias lograba recitar con los ojos cerrados y las manos extendidas, como si fuera un loco camino del destino, a Milton y a Shakespeare, sobre todo pasajes del Rey Lear, y dentro de su garganta y con facilidad enorme mezclaba continuamente parlamentos de Edmundo y de Gloucester.

Pero su gran relato siempre era el mismo. Que había un contador de historias en Venecia, en el mercado de Rialto, que se superaba a sí mismo ocultando su cara con disfraces y retando a la muchedumbre de los canales a adivinar dónde estaba el mejor contador de historias de todos los tiempos.
Lo encontré naturalmente en el mercado de Venecia, narrando bajo su máscara y su antifaz, que aún existía un contador de historias más fabuloso, que seguía viviendo en París, en la rue St-Louis en l`Ile, un hombre del que nacía la luz de la ciudad y que explicaba a la multitud embobada cómo en Praga, en la plaza Wenceslao, a las puertas del Hotel Europa, un contador de historias revelaba los secretos para ser feliz, que consistían en volver a la infancia, al camino de aquel viejo colegio, acompañando por las calles a los hermanos, hasta llegar a un banco, junto a la carpa del circo, en donde un hombre se iba tragando los sables de las interrogaciones, escupía el fuego de los adverbios, hacía volar los sustantivos en el aire y, entre aplausos, hacía que entre el público un niño asombrado fuera pensando que quizá un día, poco a poco, pudiera ser escritor.

Read Full Post »

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 146 seguidores